LITERATURA JUDÍA DE ÉPOCA HELENÍSTICA
EN LENGUA GRIEGA

Desde la versión de la Biblia en griego hasta el Nuevo Testamento

Aunque el grueso de la literatura producida por el judaísmo hasta la Edad Media se concibió y escribió en hebreo, en la antigüedad de la que se ocupa el presente volumen hay una suma considerable de producción literaria judía en lengua griega, lo que justifica un tratamiento aparte dentro de la historia general de la literatura griega. Esta literatura, sin embargo, pertenece abrumadoramente al ámbito religioso, lo que la hace un tanto sorprendente para lo acostumbrado en los manuales de literatura griega.
El cultivo de la lengua helénica por parte de los judíos tuvo que ver primordialmente con dos hechos. Uno fue la expansión de la lengua y la cultura griegas como consecuencia de las victorias militares de la expedición de Alejandro y la continuación parcial de su política por parte de sus sucesores. El otro, la dispersión de una buena parte de la población de Israel fuera de sus fronteras geográficas justamente en esa época, debida a múltiples factores pero sobre todo a las guerras y a la pobreza del país. 
Estos dos hechos, que enmarcan el encuentro de Israel con el helenismo, requieren al menos una breve explicación que sirva de marco a las obras y autores que se comentarán a lo largo de este libro. Este marco debe ir precedido de algunas aclaraciones sobre terminología que nos ayuden a comprender el proceso de helenización de los judíos con la consecuente generación de obras literarias en lengua griega.

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Prólogo
Índice
Abreviaturas

I LITERATURA JUDÍA ANTERIOR AL NUEVO TESTAMENTO

1. MARCO CRONOLÓGICO, POLÍTICO, SOCIOLÓGICO. LA MUTACIÓN DE LA RELIGIÓN JUDÍA AL CONTACTO CON EL HELENISMO

1.1 Precisiones terminológicas
1.2 Marco cronológico, político, sociológico: el encuentro de Israel con el helenismo
1.3 Los cambios de la religión judía al contacto con el helenismo
1.3.1 Una imagen de Dios cada vez más alejada
1.3.2 Desarrollo de la angelología y la demonología
1.3.3 Dualismo cósmico, escatológico, antropológico. Juicio divino, resurrección
1.3.4 De la mentalidad corporativa a la responsabilidad individual
1.3.5 Apertura hacia valores menos particularistas y más universales
1.3.6 Templo y sinagoga
1.3.7 Desarrollo del mesianismo
1.3.8 Evolución de la ética    

2. LA VERSIÓN AL GRIEGO DE LA BIBLIA HEBREA (LXX, SETENTA, SEPTUAGINTA): SU ENORME IMPACTO CULTURAL

2.1. El origen de la traducción al griego de la Biblia (Los Setenta)
2.2 Fecha de la traducción
2.3 Calidad de la traducción
2.4 Lugares de procedencia de la traducción de algunos libros en particular
2.5 Interés de la versión de los Setenta
2.6. La cuestión de la “helenización” de los Setenta

3. ÚLTIMOS ESTRATOS EN GRIEGO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

3.1 La cuestión del llamado "canon alejandrino"
3.2 Suplementos a Daniel
3.3 Oraciones
3.3.1 Adición a los salmos: Salmo 151
3.3.2 La llamada Oración de Manasés
3.4 Novelas o narraciones de corte helenístico
3.4.1 Añadidos al libro de Ester
3.4.2 El libro de Tobías
3.4.3 Libro de Judit
3.5. Ciclo de los Macabeos
3.5.1 Libro I de los Macabeos
3.5.2 Libro II de los Macabeos
3.5.3 Libro III de los Macabeos
3.5.4 Libro IV de los Macabeos
3.6 Ciclo del profeta Jeremías
3.6.1 Libro de Baruc
3.6.2 Epístola de Jeremías
3.7 Libro I de Esdras.
3.8 Libro de la Sabiduría

4.         APÓCRIFOS Y PSEUDOEPÍGRAFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO EN GRIEGO (SIGLOS III A.C. HASTA S. I D.C.)

4.1 Diversas clases de escritos apócrifos
4.2 La pseudonimia o pseudoepigrafía
4.3 Suelo en el que vieron la luz estos escritos
4.4 Circunstancias de composición
4.5 Temas religiosos dominantes en los apócrifos del AT
4.6 Fecha de composición de estos escritos apócrifos
6.7 Salmos y oraciones
4.7.1 Salmos de Salomón
4.8 Reelaboraciones de temas del Antiguo Testamento
4.8.1 Vida de Adán y Eva
4.8.2 Carta de Aristeas a Filócrates
4.8.3 Novela de José y Asenet.
4.9 Ciclo de los profetas
4.9.1 Martirio de Isaías
4.9.2. Paralipómenos  o Restos de Jeremías
4.9.3 Vidas de los Profetas
4.10 Apocalíptica
4.10.1 Libro de los Vigilantes
4.10.2 Apocalipsis griego de Baruc (3º Baruc)
4.10.3 Apocalipsis griego de Daniel
4.10.4 Apocalipsis griego de Esdras
4.11 Literatura de “testamentos”
4.11.1 Testamentos de los XII Patriarcas
4.11.2 Testamento de Job
4.11.3 Testamento de Salomón
4.11.4 Testamento de Abrahán

5.         LITERATURA SAPIENCIAL Y FRAGMENTOS DE OBRAS LITERARIAS JUDEOHELENÍSTICAS PERDIDAS

5.1 Proverbios o dichos del Pseudo Focílides.
5.2 Oráculos sibilinos judíos
5.3 Filón, poeta épico
5.4 Teódoto
5.5 Ezequiel, el trágico
5.6 Demetrio, el cronógrafo
5.7 Aristóbulo, filósofo y hermeneuta
5.8 El “historiador” Eupólemo
5.9 Artápano: “historiografía competitiva” novelada
5.10 Pseudo Hecateo

6.  FILÓN DE ALEJANDRÍA

6.1 Vida de Filón
6.2 Obra de Filón
A) Cuestiones
B) Exposición de las leyes
C) Comentario alegórico al Pentateuco
D) Otras obras
6.3 El método hermenéutico filoniano
6.4 Estilo literario de Filón
6.5 El propósito de la obra de Filón
6.6 Eco posterior de Filón

7.         FLAVIO JOSEFO

7.1 Vida de Josefo
7.2       Obra de Josefo
7.2.1 La Guerra de los judíos
7.2.2 Las Antigüedades de los judíos
· Intención de Josefo al componer las Antigüedades, y su valor histórico
· El “testimonio flaviano”
7.2.3 Autobiografía o Vida
7.2.4 El Contra Apión
7.3 Josefo como literato
7.4 Eco posterior de Josefo

II EL NUEVO TESTAMENTO

8. EL NUEVO TESTAMENTO. OBSERVACIONES GENERALES

8.1 El marco político, sociológico, religioso del Imperio romano helenístico
8.1.1 La vertebración de la sociedad en Palestina: las sectas religiosas
8.1.2 El marco de la religiosidad mediterránea en el s. I d.C.
1. La idea de Dios y la posibilidad de su conocimiento
2. La ética
3. Los "hombres divinos"
4. El culto al emperador
5. Concepciones de ultratumba
6. Los "misterios"
7. La gnosis

9.  EVANGELIOS

9.1 El vocablo evangelio
9.2 El paso de la tradición oral a la escrita
“Hojas volantes”
Adaptaciones
9.3 Evangelio como género literario
9.4 La cuestión sinóptica
9.5 La existencia de “Q”

10.       EL EVANGELIO DE MARCOS

10.1 Contenido
10.2 Interés teológico

10.3 Problemas literarios e historicidad

10.4 Autor. Lengua original. Estilo. Lugar de composición

11.  EL EVANGELIO DE MATEO

11.1 Contenido

11.2 Interés teológico
11.3 Autor. Lengua original. Lugar de composición

11.4 El estilo literario de Mateo

 

12. EL EVANGELIO DE LUCAS

            12.1 Contenido de la primera parte, el evangelio
12.2 Interés teológico de la primera parte de la obra lucana
12.3 Propósito de la primera parte de la doble obra.

13. LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES

13.1 Contenido de la segunda parte de la doble obra
de Lucas
13.2 El problema de las dos clases de texto: egipcio y occidental

13.3 Propósito de la segunda parte de la doble obra lucana

13.4 Valor histórico. Lucas como historiador
13.5 El estilo de Lucas
13.6 Autor y fecha de composición

14.  EL EVANGELIO DE JUAN

14.1 Diferencias más notables entre el Evangelio de Juan y los evangelios sinópticos (Mt-Mc-Lc).
14.2 Contenido
14.3 Posible explicación de las divergencias entre el Evangelio de Juan y los Sinópticos.
14.4 Finalidad del Cuarto Evangelio
14.5 Marco ideológico en el que se sitúan esta reescritura y sus esquemas mentales
14.6 Los discursos de Jesús en el Cuarto Evangelio
14.7 Autor, fecha de composición

15.       LAS CARTAS JOHÁNICAS

15.1 Primera carta de Juan
15.1.1 Contenido
15.1.2 Género literario
15.1.3 Autor y fecha de composición

15.2 Segunda carta de Juan
15.2.1 Contenido
15.2.3 Género literario y autor

15.3 Tercera carta de Juan
15.3.1 Contenido
15.3.2 Los personajes

16.  PABLO DE TARSO

            Generalidades
16.1 Vida y formación de Pablo de Tarso
16.2 La cartas del Nuevo Testamento. Observaciones generales
16.3 La Primera Carta a los Tesalonicenses
16.4 Carta a los gálatas
16.5 Carta a los filipenses
16.7. Correspondencia con los corintios
16.7.1 Primera carta a los corintios
16.7.2 Segunda carta a los corintios
16.8. Carta a los romanos
16.9. Carta a Filemón
16.10 Pablo como escritor. Estilo
16.11 Valoración de Pablo

17. LA ESCUELA DE PABLO

17.1 Segunda epístola a los tesalonicenses
17.2 Epístolas a los colosenses y a los efesios
17.2.1 Epístola a los colosenses
17.2.2 Epístola a los efesios
17.3. Epístolas Pastorales
17.3.1 Epístola a Tito
17.3.2 Primera Epístola a Timoteo
17.3.3 Segunda Epístola a Timoteo
17.4 Epístola a los Hebreos

18. OTRAS CARTAS DEL NUEVO TESTAMENTO

Generalidades
18.1 Epístola de Santiago
18.2 Epístola de Judas
18.3 Primera Carta de Pedro
18.4 Segunda Epístola de Pedro

19.       EL APOCALIPSIS

18.1 Contenido
18.2 Sobre la estructura literaria del Apocalipsis y su significado
18.3 El reino de los mil años
18.4 Autor: estilo, teología
18.4 Fecha de composición

Tabla cronológica general
Glosario
Bibliografía

I. LITERATURA JUDÍA ANTERIOR AL NUEVO TESTAMENTO

Capítulo 1

INTRODUCCIÓN

Aunque el grueso de la literatura producida por el judaísmo hasta la Edad Media se concibió y escribió en hebreo, en la antigüedad de la que se ocupa el presente volumen hay una suma considerable de producción literaria judía en lengua griega, lo que justifica un tratamiento aparte dentro de la historia general de la literatura griega. Esta literatura, sin embargo, pertenece abrumadoramente al ámbito religioso, lo que la hace un tanto sorprendente para lo acostumbrado en los manuales de literatura griega.
El cultivo de la lengua helénica por parte de los judíos tuvo que ver primordialmente con dos hechos. Uno fue la expansión de la lengua y la cultura griegas como consecuencia de las victorias militares de la expedición de Alejandro y la continuación parcial de su política por parte de sus sucesores. El otro, la dispersión de una buena parte de la población de Israel fuera de sus fronteras geográficas justamente en esa época, debida a múltiples factores pero sobre todo a las guerras y a la pobreza del país. 
Estos dos hechos, que enmarcan el encuentro de Israel con el helenismo, requieren al menos una breve explicación que sirva de marco a las obras y autores que se comentarán a lo largo de este libro. Este marco debe ir precedido de algunas aclaraciones sobre terminología que nos ayuden a comprender el proceso de helenización de los judíos con la consecuente generación de obras literarias en lengua griega.

1.1 Precisiones terminológicas

Es conveniente en primer lugar concretar qué se entendía por “helenismo” o “helenizar” en ámbito judío de la época contemplada en el presente volumen. La historia de estos vocablos muestra que tanto el verbo hellenízein como el sustantivo hellenismósdenotaban en un principio el dominio de la lenguagriega por parte de un hablante, es decir “entender o hablar griego”. Según esta definición, los judíos “helenistas” eran, en el sentido propio de la palabra, aquellos cuya lengua madre era el griego, en contraposición a los judíos palestinenses y de la diáspora de Babilonia que hablaban normalmente arameo. Así lo entendió el evangelista Lucas cuando distinguía entre hellenistaí y hebraíoi en Hch 6,1: la lengua madre de los “helenistas” era el griego y la de los “hebreos”, el arameo.
Se ha señalado que fue Filón de Alejandría el primero en usar el verbo aphellenízein en sentido transitivo con un significado completamente nuevo. Filón comienza a designar con este término el cumplimiento de un programa de acción cultural: la “helenización de los bárbaros”. En su obra Embajada a Gayo (147) hace la apología del emperador Augusto, quien, según él, “helenizó las regiones más importantes del mundo bárbaro”. Ya antes y en un sentido peyorativo el autor de 2 Mac emplea el término hellenismós como “viviral modo de vida helénico”, lo que suponía una amenaza grave para la supervivencia de las tradiciones y de la religión judías.
Tras estas consideraciones cabe explicitar el sentido de la expresión judaísmo helenístico: aquel que utilizó la lengua griega como vehículo de expresión. Temporalmente este fenómeno ocurriódesde principios del s. IV a.C. hasta los años del alto Imperio romano, siglos I y II d.C., y en diversos ámbitos geográficos. Por consiguiente, debe considerarse dentro de este epígrafe tanto al judaísmo israelita/palestinense como al de la diáspora de Asia Menor, Grecia, Egipto, Babilonia y otras regiones menos importantes. En esta obra no se designa sólo con el nombre de “helenístico” aquella rama del judaísmo que adoptó al máximo las formas de vida y de pensamiento propios de la cultura griega helenística (sin llegar a perder su identidad judía por ello, pero configurándola en un modo nuevo y hasta entonces inédito), sino también a quienes lucharon contra esa cultura, aunque utilizaron la lengua griega. El vocablo “helenístico” puede tener, pues, un sentido cultural o meramente cronológico.
En tiempos pasados se tendió a distinguir entre judaísmo palestinense y de la diáspora según el grado de aceptación de la mentalidad helénica. Se solía mantener que el palestinense estaba poco o casi nada influido por ella o, al menos, que la diferencia en el influjo del helenismo era muy notable. Los estudios históricos del siglo XX han demostrado que esta tesis es exagerada o errónea. La opinión preponderante hoy día es que también Palestina estuvo fuertemente helenizada, y que no es fácil distinguir entre diversos grados de helenización sólo por la procedencia geográfica. Por ello, “helenístico” es el judaísmo que vive en esa época y que de un modo u otro se ve influido, a veces contra su voluntad, por la nueva civilización promovida por la expedición de Alejandro Magno. Esta civilización se caracterizó por la gradual difusión de la lengua griega y por unas formas de vida y de pensamiento propios de una cultura generada fundamentalmente en Grecia continental y en la parte griega de Asia Menor.

1.2. Marco cronológico, político, sociológico: el encuentro de Israel con el helenismo

Desde la caída de Jerusalén por obra de las tropas de Nabucodonosor en el 587 a.C., los judíos, tanto los exilados a Babilonia como los que permanecieron en Israel, quedaron en la órbita del Imperio neobabilonio. Escasos cien años más tarde, tras la derrota de este imperio por obra de Ciro el Grande, los judíos se vieron sometidos al control e influencia de los persas. Éstos no intentaron imponer su idioma y sus costumbres a las diversas etnias de su imperio, sino que adoptaron por comodidad como lengua de intercambio la que era más utilizada entre sus súbditos (la mayoría de ellos semita): el arameo, llamado luego imperial.
El Imperio persa, gran coloso con pies de barro, se derrumbó con estrépito ante el ímpetu de las tropas de Alejandro. Desde el año 336 a.C., cuando el ejército macedonio lo proclamó su conductor y rey, cambiaron radicalmente las circunstancias del Imperio persa, tradicionalmente enemigo de los griegos en los dos siglos anteriores. Tras someter rápidamente a toda Grecia bajo su control, Alejandro cruzó con sus tropas hacia Asia Menor. En una suerte de paseo militar derrotó a la guarnición extranjera  allí estacionada (batalla de Gránico, 334 a.C.), liberó a las ciudades griegas del yugo persa, y decidió seguir adelante para acabar de una vez con el Imperio que había sido la pesadilla de los griegos durante siglos.
El triunfo verdaderamente sonado, que le abrió la puertas del continente asiático, fue la batalla de Iso un año más tarde. La derrota de los persas fue total. Éstos se retiraron hacia el interior de Asia, y casi sin apenas más batallas (hubo excepciones, como la cruenta conquista de Tiro, o Samaría) las huestes de Alejandro se apoderaron de un amplio espectro de tierras que iba desde Egipto hasta la zona más oriental de Siria.
Desde este momento hasta su muerte en el 323, Alejandro sólo cosecha triunfos, y en una serie de expediciones asombrosas logró llegar hasta las orillas del río Indo.
En esos pocos años las tropas greco-macedonias habían ya levantado un gran imperio. Un rasgo fundamental de la nueva institución fue la constante fundación de nuevas ciudades, lo que suponía la expansión de la lengua griega. Alejandro logró lo que podría llamarse la primera globalización del mundo conocido. En menos de cien años desde Grecia hasta el Indo el griego habría de ser la lengua franca o común, por medio de la cual los habitantes de mil etnias diferentes podían entenderse entre sí.
El Imperio unitario de Alejandro no sobrevivió a su muerte. Sus generales se enzarzaron en complicadas y sangrientas disputas, y a la postre se fueron repartiendo los países más importantes con sus zonas de influencia. La división del imperio de Ale­jan­dro hizo que, al for­marse una serie de nuevos estados fuertes dominados por gentes proce­dentes de Grecia, la lengua helénica, oficial en esos reinos, comenzara a desbancar al arameo como lengua franca. Junto con la lengua, las costumbres, monedas, pesos y medidas griegos, y en general la cultura de la Hélade, se extendieron entre las gentes sometidas a los nuevos dominadores. La influencia de la superior cultura de éstos era innegable y atractiva.
Israel, o Palestina (“tierra de filisteos”, philistim, como se denominó el territorio un tanto despectivamente por parte de Roma) no quedó como país independiente tras la muerte de Alejandro, sino que fue presa de los deseos de uno de los generales de aquél: Ptolomeo Lago. Este personaje se afianzó rápidamente en Egipto, donde consolidó su reino con facilidad. Alejandro era el sucesor legal de los faraones y Ptolomeo era el heredero de Alejandro en esa parte del mundo. Palestina fue para el nuevo faraón griego como un anexo de Egipto.
Israel estuvo unos 150 años bajo la soberanía más o menos directa de los Lágidas, los sucesores de Ptolomeo Lago. Israel conservaba en lo religioso y en lo jurídico una elevada autonomía, pero en los ámbitos económico, político e impositivo (tasas, aranceles, capitación, etc.) dependía totalmente de Egipto. Durante estos años Palestina se fue helenizando, al menos superficialmente, gracias a la “invasión” de soldados, mercaderes, funcionarios y maestros ambulantes que hablaban griego.
La helenización del antiguo Israel de David se fue consolidando ante todo sobre la base de los intercambios comerciales, y de la fundación de colonias y ciudades griegas también dentro de su territorio. La importancia de estos enclaves, no sólo desde el punto de vista militar sino sobre todo para la expansión de la lengua y cultura griegas, es algo que no necesita ulteriores aclaraciones. También la administración civil de los Lágidas en Palestina una especie de copia de la practicada en Egipto sirvió como factor de contacto con el helenismo. Judea, Samaría y Galilea se vieron confrontadas a un sistema administrativo, de gobierno y de recaudación de impuestos, cuya lengua oficial era el griego y cuyas costumbres y modos vehi­culaban igualmente concepciones griegas.
Aparte de las colonias, los griegos lágidas mantuvieron fortalezas y guarniciones de soldados en Palestina. Gracias a un epigrama funerario con nombres griegos descubierto en Gaza podemos deducir que ya a comienzos del s. III a.C. había asentadas familias de estirpe griega en el territorio de Israel. En la concepción de los griegos la helenización de las ciudades ya existentes o la creación de nuevos núcleos ciudadanos griegos era el primer pilar para el gobierno de un pueblo "bárbaro". A la inversa, mercenarios judíos aparecen por esta época en muy diversos ejércitos y zonas geográficas controladas por los griegos. Egipto, Libia y la Cirenaica tuvieron soldados judíos en los siglos III-I a.C. En esta etapa lágida / ptolemaica Judea se abrió más a los intercambios exteriores, si bien es cierto que la actividad comercial aparece documentada por la arqueología, las monedas o los papiros especialmente en las regiones periféricas. Fueron años de tranquilidad en Palestina, lo que contribuyó a que los contactos de la civilización judía con la griega se hicieran más intensos. No es fácil determinar con exactitud momento a momento los efectos de estas relaciones, pero es cierto que al final del período del dominio ptolemaico sobre Israel (hacia el 200) nos encontramos con un judaísmo que es ya bastante diferente del que volvió del exilio babilónico.
Hacia el 200 hubo un cambio drástico en la situación política: los Seléucidas (descendientes de Seleuco I, otro de los generales de Alejandro, a quien le había tocado en suerte, en el reparto, la zona de Siria y su aledaños orientales) sustituyeron a los Lágidas en el dominio de Palestina tras varias campañas militares.
Cambiaron los dueños, pero no el efecto de la helenización. Parece ser que las capas altas de la población colaboraron estrechamente con los Seléucidas en su intento de hacer de Israel/Palestina un país “civilizado”, es decir más directamente encardinado en la cultura griega. Para ello Jerusalén fue dotada de instituciones griegas. En época del monarca seléucida Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.) un sumo sacerdote, que había cambiado su nombre hebreo de Josué por el más helénico Jasón, levantó un gimnasio y un ephebeion.En él un nuevo cuerpo de efebos jóvenes de la alta sociedad debía recibir una educación esmerada, ejercitándose desnudos al modo griego, y en el alma, educándose como perfectos ciudadanos de una nueva sociedad helenística, una nueva polis (“ciudad”), fundada entonces dentro del perímetro de Jerusalén, que se denominó Antioquía. El resto de la población seguía siendo Ioudaioi, gentes sujetas a sus leyes ancestrales y sin derechos de ciudadanía griegos. Jasón no hacía otra cosa que introducir por fin en Jerusalén (antes no tenemos noticias de "gimnasios" en Judea) una institución que funcionaba ya en la costa de Fenicia e incluso en Damasco. No tenemos información sobre si paralelamente se crearon otras instituciones políticas propiamente griegas, es decir, una ekklēsía (“asamblea”), una boulé (“consejo”), magistraturas, etc., destinadas al gobierno de esa polis, pero el hecho de no ser mencionadas en las fuentes no implica necesariamente que no existieran.
El sacerdocio del templo jerusalemita debía ser proclive a la helenización no sólo por el necesario contacto con la administración de las monar­quías griegas, ptolomea o seléucida, exigido por el aspecto político-administrativo de sus funciones, sino por el ejercicio mismo de su sacerdocio. Para conservar su autoridad entre las comunidades judías helenizadas de la diáspora, que ya no hablaban arameo ni leían hebreo, el Templo necesitaba contar con personal grecopar­lante. Se supone que el aprendizaje de esta lengua debía realizarse en alguna escuela de la misma Jerusalén desde comienzos de época helenística, donde se formarían sacerdotes y escribas bilingües destinados a mantener estos contactos con las comunidades exteriores. Por otro lado, la traducción de la Biblia hebrea al griego --la Carta de Aristeas supone que los traductores  procedían de Jerusalén-- y la de otros escritos (véase 3.4.1, en el Libro de Ester, la afirmación sobre la carta final, “traducida por Lisímaco, hijo de Ptolomeo, de la ciudad de Jerusalén”) requería ya conocimientos no simples de la lengua y la literatura helénicas. Por tanto, parece claro que la clase sacerdotal dirigente debió de ser pionera en la asunción del helenismo con el objetivo de mantener la cohesión de Israel en su conjunto. Para el resto de la aristocracia las motivaciones de carácter económico y social serían, sin embargo, las auténticamente determinantes.
Naturalmente no todo fue un camino de rosas para los intentos de helenización. Cuando el monarca y sus amigos transcendieron ciertos límites y se opusieron frontalmente a que el país tuviera como norma suprema la ley de Moisés, estalló una inmensa revuelta, conocida como el levantamiento de los Macabeos.
Esta familia se salió a la postre con la suya, y desde unos comienzos humildes y populares acabó instituyendo una monarquía (dinastía asmonea, por el nombre, Asmón, de su más ilustre antepasado) que, entre penas y glorias, consiguió un buen grado de independencia respecto a los monarcas seléucidas. Roma, también hostil a éstos por sus intereses políticos en Asia, contribuyó a esta independencia. Sin embargo, el proceso de helenización no se detuvo con la libertad política y la vuelta a las costumbres tradicionales. Es sintomático que los más gloriosos reyes de los macabeos / asmoneos se fueron haciendo lentamente unos dinastas helenísticos, más que judíos. La evolución de los asmoneos desde campeones de la fidelidad a la Ley contra los Seléucidas hasta su transformación total en monarcas helenísticos no es más que una evolución típica de la época y una muestra de la difusión y aceptación del helenismo entre las clases elevadas en Israel. La helenización progresiva de la dinastía asmonea se percibe, por ejemplo, en la numismática. Mientras que las monedas de Juan Hircano (hijo de Simón, hermano menor de Judas Macabeo, 135-104 a.C.) llevan inscripciones únicamente en hebreo, las de Alejandro Janneo (104-78 a.C.) añaden una leyenda en griego, del tipo helenístico corriente (basiléos Alexándrou: “del rey Alejandro”). Además, el estilo de gobierno de los asmoneos era idéntico al de los demás reyes helenísticos, siendo también la corte judía un espejo de lo que sucedía en las monarquías griegas orientales: asesinatos, intrigas palaciegas, instigadas con mucha frecuencia por las mujeres de la familia real, luchas dinásticas, etc. El carácter militar, guerrero y conquistador de estos reyes-sacerdotes llamó poderosamente la atención de  sus contemporáneos, pero es evidente que no cabían otras posibilidades. El estado judío nacido de la rebelión macabea no podía ser más que un estado militar de tipo hele­nístico, apoyado desde la época de Juan Hircano en mercenarios, griegos incluidos. Tenemos escasos testimonios de cómo percibían los autores no judíos la monarquía asmonea, pero hasta donde sabemos la encuadraban entre los pequeños estados dinásticos o tiránicos de corte externo helenístico que florecían tras la descomposición de las grandes monarquías anteriores.
Pero Roma, que había apoyado a la dinastía asmonea al principio, fue la que protagonizó también su liquidación. Desde la intervención de Pompeyo Magno (63 a.C.) en la vida de Israel, mediando en la disputa entre dos hermanos que se disputaban el trono, la presencia romana en Israel/Palestina fue ininterrumpida hasta el final del Imperio.
Esta presencia romana aumentó aún, si cabe, el prestigio de lo griego en la vida judía. En el siglo I de nuestra era, en las ciudades de cierta importancia, el pueblo era rudimentariamente trilingüe. Todo el que quisiera tener una vida floreciente en el comercio o la pequeña industria, además de su lengua materna, el arameo,  debía entender latín y griego.
Desde el punto de vista religioso, que afectará decisivamente a la literatura aquí contemplada, la vida de la nación judía se decantó más bien, con algunas excepciones, por una oposición al espíritu del helenismo. Otra cosa diferente fue en la diáspora, donde una amplia minoría intentó, como se verá al tratar de los fragmentos de obras literarias judeohelenísticas perdidas, una cierta simbiosis entre pensamiento griego y espíritu judío.
El reinado de Herodes el Grande (37-4 a.C.) es ilustrativo de la mezcla indisoluble de lo judío y lo helénico unos decenios antes de que surgiera la secta de los “nazarenos”/cristianos, creadores de una parte importante de la literatura religiosa en griego del presente volumen, el Nuevo Testamento. Por un lado, era Herodes un tirano sangriento, según el estereotipo oriental. Por otro, deslumbraba con su cultura filogriega y su actuación como mecenas de las artes y las letras. Esta faceta de mecenazgo, benefactora, es en donde mejor se reconoce al hombre de tendencia filohelénica que era Herodes. Aparte de magníficas construcciones en el interior del país, como hicieran otros reyes helenísticos de acuerdo con su fama de ilustrados, era conocida su elevada formación en materias como retórica, filosofía e historia griegas. Herodes dio también abundantes muestras de generosidad filohelénica en otras zonas del mundo grecorromano, espe­cialmente en lugares tan emblemáticos como Atenas, Antioquía, Quíos, o Rodas, etc., contribuyendo a su embellecimiento.
Este aspecto de su personalidad tan amante de Grecia queda también de manifiesto en su gusto por rodearse de artistas e intelectuales de lengua griega, al igual que las grandes personalidades del mundo helenístico romano de su entorno. El más famoso de ellos fue el sirio Nicolás de Damasco quien, además de historiador, era hombre de gran erudición, interesado por las ciencias y la filosofía, campo en el que se mostró seguidor y estudioso de Aristóteles.
En conjunto, la conquista romana de Oriente en general y la ascensión al trono de Herodes en el 37 a.C. marcaron una nueva era para Judea, que vivió momentos de paz y prosperidad en los que crecían juntas las semillas de la cultura griega y judía. Esta relativa prosperidad no fue óbice para que, a la vez, la diáspora siguiera creciendo. La inserción de Judea en el marco de un imperio universal tuvo como consecuencia la tremenda expansión de los judíos. Para momentos anteriores a la época helenística se sabe poco de las comunidades judías situadas fuera del ámbito de Judea, pero para los años que nos ocupan existe una mayor docu­mentación proporcionada por Filón de Alejandría, Josefo o el Nuevo Testamento. A través de ella podemos conocer no sólo su amplia distribución geográfica, sino también su integración social y política en el mundo y la sociedad en la que se en­con­traban, pues tales comunidades judías compartían lengua, nomenclatura, titulaciones oficiales y formas institucionales con su entorno helenístico.
El fenómeno de la diáspora judía merece una atención especial, pues parte de la literatura que nos interesa se generó en esa dispersión fuera de Israel.
La diáspora de los judíos es muy antigua. Tenemos noticias fidedignas de un asentamiento de judíos como mercenarios en la isla de Elefantina, en el Nilo, al menos desde el s. VI a.C. En Babilonia permanecieron muchos judíos tras el forzado exilio, y en esta zona se constituyó quizás, junto con la de Egipto, la comunidad judía más pujante de entre las que no residían en Jerusalén. Según Flavio Josefo, el número de judíos babilonios habría que contarlo por decenas de miles (Antigüedades de los judíos XI 5,2). Pero, que sepamos, esa comunidad no produjo en lengua griega nada literariamente interesante para nuestros propósitos.
En Asia Menor había una colonia de judíos suficientemente sólida. Según Filón de Alejandría (Embajada a Gayo 245), en las ciudades principales había asentamientos judíos de importancia. Desde el principio de la conquista romana (a finales del s. II a.C.) se encuentran numerosas menciones de judíos y de sus comunidades en las regiones de Asia Menor occidental y meridional. También el norte de África no egipcio (Libia/Cirenaica) contó con numerosos asentamientos de israelitas.
La diáspora más numerosa fue, sin duda, la egipcia. Aunque antigua –desde el s. VI a.C.: la de la isla Elefantina, ya mencionada--, comenzó a hacerse realmente importante a partir del dominio griego sobre el país. Cuenta la Carta de Aristeas (12-13), que Ptolomeo I Lago deportó a cien mil judíos a Egipto y puso a treinta mil de ellos de guarnición en diversas fortalezas.
Según J. Peláez (La Biblia y los griegos, cap. II), los rasgos más sobresalientes de las comunidades judías residentes en ciudades griegas fueron los siguientes:
A) Utilización de la lengua griega como vehículo de comunicación, de expresión literaria y religiosa. Ejemplos sintomáticos de ello son: la sustitución de nombre semíticos por otros griegos, que indica la acomodación de los judíos al entorno. Los papiros e inscripciones presentan amplio material al respecto. Aunque los nombres hebreos o semíticos no desaparecen totalmente durante el período helenístico, surgen a su lado multitud de onomásticos griegos como Alejandro, Ptolomeo, Antípatro, Demetrio, Jasón y similares. A veces, los judíos traducen sus nombres hebreos al griego: Matatías, por ejemplo, se transforma en Teodoro. Los judíos no dudaron incluso en utilizar nombres derivados de divinidades griegas como Apolonio, Heraclides, Dionisio. A veces empleaban dos nombres a la vez: uno griego, semítico, el otro (V. Tcherikover, 346).
            B) Cierta autonomía religiosa, con Jerusalén y el Templo como puntos de referencia, es decir, los judíos se acostumbraron a vivir su piedad sin el Templo, tan lejano, pero nunca perdieron su veneración y contacto con él, a cuyo mantenimiento contribuían gustosos.
C)    Organización de la comunidad a la manera de las aso­cia­ciones helenísticas. El judaísmo helenístico adoptó en su aspecto exterior y en su estructuración administrativa un ropaje griego. Esto fue especialmente evidente en Alejandría o en la Cirenaica (actual Libia).
D)    Una producción literaria peculiar con fines apologéticos. Esto vale sobre todo para los judíos de Egipto, los más prolíficos desde el punto de vista literario: Los restos de literatura judeohelenística del período ptolemaico (siglos III-I a.C.) que nos han llegado dan prueba del grado de helenización de la diáspora alejandrina y son muestra de los esfuerzos del judaísmo por desarrollarse dentro de la cultura helenística sin renunciar a su peculiar idiosincracia. Este literatura judía helenística no es anónima como la de los judíos de Palestina (a excepción del libro de Ben Sira, o Eclesiástico). Cultiva los más variados géneros literarios. Algunas obras se han conservado en estado fragmentario y fueron recogidas por Alejandro Polihístor, un historiador pagano del siglo I a.C., que reunió una colección de extractos de escritores, algunos de ellos judíos, o por autores cristianos como Eusebio de Cesarea, quien insertó parcialmente la colección de Polihístor en su Preparación evangélica.

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Ficha del libro

Título: Literatura judía de época helenística
en lengua griega
Editorial: Síntesis
Autor: Antonio Piñero
ISBN: 9788497564434
Formato: --- cm | Nº de páginas: 300 | ---

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