LA BIBLIA RECHAZADA POR LA IGLESIA

Los Evangelios y otros textos sagrados del Judaísmo y Cristianismo que la Iglesia Católica rechazó.

Este libro es como una llave para que el lector pueda entrar en el interesante mundo de los Apócrifos, tanto del Anticuo como del Nuevo Testamento.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento son importantísimos porque su teología –continuación y prolongación de la del Antiguo Testamento- es probablemente la misma teología de Jesús de Nazaret, y porque casi el 80 % de los elementos de la parte judía del cristianismo naciente proviene de la teología de estas obras –unos 65 escritos- y no del Antiguo Testamento, donde o están ausentes o poco desarrollados.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento son ante todo la muestra y la prueba de la pluralidad del cristianismo primitivo. Sin ellos no puede verse la riqueza de la teología cristiana primitiva ni tampoco la historia de la teología en general.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento han influido inmensamente en la piedad popular cristiana, en el arte, la literatura y la hagiografía; incluso algunos dogmas como la virginidad perpetua de María y su asunción a los cielos dependen de las narraciones apócrifas, no del Nuevo Testamento.

regresar

Índice

PRÓLOGO

LOS APÓCRIFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

INTRODUCCIÓN

I – SALMOS Y ORACIONES

2 - ESCRITOS QUE COMPLEMENTAN O REELABORAN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Libro de los Jubileos
Antigüedades bíblicas
Vida de Adán y Eva
Paralipómenos de Jeremías, o Apócrifo de Jeremías sobre la cautividad en Babilonia
Libro 3º de Esdras
Libro 3º de los Macabeos
Libro 4º de los Macabeos
Martirio de Isaías
Novela de José y Asenet
Vidas de los Profetas
Carta de Aristeas

3 – APOCALIPSIS Y OTROS ESCRITOS CONEXOS

Libro 1 de Henoc
Libro de los secretos de Henoc
Libro hebreo de Henoc
Libro 4 De Esdras
Apocalipsis siríaco de Baruc
Apocalipsis griego de Baruc
Apocalipsis de Abrahán
Apocalipsis Elías

4 - LITERATURA DE TESTAMENTOS

Testamentos de los XII Patriarcas
Testamento de Job
Testamento de Moisés
Testamento de Salomón
Testamento de Abrahán

5 - LITERATURA SAPIENCIAL Y OBRAS MISCELÁNEAS

Proverbios o dichos del Pseudo-Focílides
Oráculos sibilinos

6 - LOS APÓCRIFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO Y EL CRISTIANISMO

*****

LOS APÓCRIFOS DEL NUEVO TESTAMENTO. NOCIONES GENERALES

1 Conceptos: canónico y apócrifo
2 Origen de la literatura apócrifa neotestamentaria
3 Importancia de los apócrifos neotestamentarios
4 Cronología
5 Influencia posterior
6 División de los apócrifos del Nuevo Testamento

1- LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

a) Fragmentos de evangelios desconocidos
a. Papiro Egerton 2
b. Papiro de Oxirrinco 840

b) Fragmentos de evangelios judeocristianos conocidos por citas de los Padres
a. Evangelio de los nazarenos
b. Evangelio de los ebionitas
c. Evangelio de los hebreos

c) Evangelio de los egipcios

d) Evangelios coptos descubiertos en Nag Hammadi

a. Evangelio de Tomás
b. Evangelio de la verdad
c. Evangelio de Felipe
d. Libro secreto de Juan

e) Evangelio de Pedro

f)Evangelios de la natividad e infancia de Jesús

a. El llamado protoevangelio de Santiago
b. Evangelio del Pseudo-Mateo
c. Evangelio del Pseudo-Tomás o Narraciones de Tomás

g) Apócrifos de la Pasión y de la Resurrección

a. Actas de Pilato o Evangelio de Nicodemo
b. Evangelio de Bartolomé

h) Apócrifos asuncionistas

a. Libro de San Juan Evangelista
b. Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica

2 – HECHOS APÓCRIFOS DE LOS APÓSTOLES

a) Hechos de Pedro
b) Hechos de Pablo
c) Hechos de Andrés
d) Hechos de Juan
e) Hechos de Tomás

3 - CARTAS APOSTÓLICAS

a) Carta a los cristianos de Laodicea
b) Epístola de Tito sobre la castidad
c) Epístola apócrifa de Santiago
d) La Epistula Apostolorum
e) Otros escritos apostólicos

4 -APOCALIPSIS

a) La ascensión de Isaías
b) El apocalipsis de Pedro
c) Los oráculos sibilinos

5 – LA POESIA HÍMNICA APÓCRIFA

EL EVANGELIO DE JUDAS

BIBLIOGRAFIA (textos)

Prólogo

El mundo de los escritos rechazados por la Iglesia, es decir, los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento es inmenso, pues las obras contenidas bajo este epígrafe suman más de ciento cincuenta. A pesar del deseo expreso de la Iglesia de no incluirlos en su lista de libros canónicos o sagrados no carecen de importancia, ni mucho menos. Tampoco el rechazo en sí a incluirlos dentro del Canon del Antiguo como del Nuevo Testamento significa que la Iglesia misma no sea consciente de su importancia. Todo lo contrario.

En contra de lo que la mayoría de la gente cree, no hay secretismo alguno al respecto. Las ediciones de los “apócrifos” son hoy impulsadas por todas las iglesias cristianas porque están convencidas de su importancia para el conocimiento en profundidad tanto de los orígenes del cristianismo como de su primer desarrollo.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento son el humus en el que se desarrolló la parte de la teología propiamente cristiana que deriva de manera directa de su matriz judía. Esta matriz no es sólo el Antiguo Testamento en sí, sino también la literatura que la rodeaba, la complementaba y en algunos caso la corregía. Es como si los judíos de época de Jesús hubiesen leído su Biblia hebrea no sólo por sí misma sino acompañada por este tipo de literatura piadosa. Con otras palabras: como si hubiesen leído el Antiguo Testamento teniendo ante los ojos unas lentes o gafas que contorneaban y completaban lo que leían del texto sagrado. Y esta literatura de piedad, que ayudó a la comprensión de los escritos canónicos, es la que hoy llamamos “Apócrifos del Antiguo Testamento”. De ahí su importancia: su texto acompañaba al de la Biblia y conformaba las mentes por igual.

Los cristianos primitivos eran un conjunto de piadosos judíos que, como los demás grupos religiosos de su época, tenían a su lado un cierto tipo de literatura espiritual, muy estimada, además de la Biblia “oficial”. La teología del Antiguo Testamento se veía así completada por las ideas de este tipo de libros.

No se puede decir lo mismo respecto a los Apócrifos del Nuevo Testamento, puesto que la inmensa mayoría de ellos, casi su totalidad, se compuso cuando el Nuevo Testamento estaba ya bastante bien constituido y conformado, y comportaba la máxima autoridad en materia de religión y teología. Los apócrifos en este caso son los influidos por la literatura canónica y oficial y no al revés. Pero este hecho no les priva de su importancia, ni mucho menos, pues estos libros complementan hechos y dichos, tanto de Jesús como de su primeros seguidores, los apóstoles, que no se hallaban en los libros contenidos dentro de los estrictos marcos del canon.

El valor histórico de estos complementos y nuevas perspectivas es muy desigual, sobre todo para la reconstrucción del Jesús histórico. Pero su valía para la composición de la historia del cristianismo de los primeros siglos, sobre todo el popular, es tan inmensa que sin ellos no podría escribirse esta historia. Apenas se podría exagerar su importancia por mucho que se la ponderase. Puede decirse que la cultura popular religiosa cristiana, tanto en el ámbito de la teología como del arte y la literatura, está casi tan moldeada y conformada por la literatura apócrifa como por la canónica.

El presente libro es una breve introducción a este tipo de libros, hoy “apócrifos”, rechazados, pero sólo desde el punto de vista de su inclusión en la lista de libros que componen el estricto Antiguo o Nuevo Testamento. Pero fuera de esta lista su valor es inmenso como fuente de información tanto para la teología como para la historia. Esperamos que gracias a esta perspectiva breve pero completa el lector se anime en algún momento a recorrer por su cuenta estos escritos en algunas de las colecciones que existen en el mercado y a contrastarlos con los textos oficiales. Como hemos afirmado, hoy día no hay “literatura oculta” a este respecto guardados en misteriosos archivos: todos los textos –cuyas copias manuscritas se hallan en muy diversas bibliotecas o archivos, estatales o privados- han sido publicados por muy diversos estudiosos de todo talante y condición ideológica en ediciones estrictamente científicas. Este breve panorama a modo de guía que aquí ofrecemos puede ayudarle a introducirse por este complejo mundo y, quizá, a hallar algo que le interese.

Capítulo 1

A modo de Introducción

Cuando se habla de apócrifos neotestamentarios casi todo el mundo piensa en los evangelios apócrifos y se suscita una especie de oculto interés, un tanto morboso, acerca de las informaciones secretas que pueden albergar tales documentos, a veces, se piensa, ocultadas por la Iglesia.

Por el contrario, cuando se mencionan los apócrifos del Antiguo Testamento (AT), o por otro nombre, literatura intertestamentaria, o literatura judía de la época helenística, no se suscita apenas ningún interés y, debemos confesarlo, a la inmensa mayoría se le ve un gesto de ignorancia, incluso entre los miembros del clero. Esta literatura, con ser de gran trascendencia, como a continuación intentaremos demostrar, aparece sumida en el mayor de los olvidos.

Por de pronto podemos afirmar que los pseudoepígrafos del Antiguo Testamento son muchísimo más importantes para la comprensión del cristianismo primitivo y para iluminar sus orígenes que cualesquiera apócrifos del Nuevo Testamento. En efecto, estos escritos judíos de la época helenística constituyen una gran parte del trasfondo, o de la base, que sustenta muchas de las ideas religiosas que aparecen en el Nuevo Testamento.

Digámoslo sin rodeos: desde el punto de vista científico, sin conocer estos apócrifos no seremos capaces de entender en toda su dimensión el ideario religioso del Nuevo Testamento. Pero, a pesar de ello, confesémoslo también, dentro incluso de los ámbitos teológicos no se había empezado a prestar una verdadera atención a estos escritos hasta 1970. Desde ese momento, sin embargo, se suscita una especie de interés colectivo, se producen gran cantidad de ediciones críticas o traducciones con notas a las lenguas cultas y se fundan seminarios y revistas dedicados íntegramente a su estudio. Y diez años más tarde, en 1980, escribía ya un experto filólogo inglés: «Ya es obvio para muchos – ¡al menos en teoría! – que conocer a fondo el trasfondo judío del Nuevo Testamento (es decir, esta literatura intertestamentaria) no es un extra optativo, sino que, por el contrario, sin tal conocimiento es inconcebible una adecuada comprensión de las fuentes cristianas»1.

¿Cuales son estos escritos? No es necesario para el tenor de esta publicación presentar una lista exhaustiva de las cerca de 65 obras que componen este legado de la literatura judía helenística. Ofrezco sólo los más significativos de estos escritos, que constituyen en realidad una verdadera Biblia fuera de la Biblia.

Hay en primer lugar un bloque de salmos y oraciones: Salmos de Salomón; Oración del rey Manasés; Cinco salmos de David; Plegaria de José.

En segundo lugar, encontramos un buen número de escritos que complementan o reelaboran libros y temas conocidos por el Antiguo Testamento canónico: así, el libro de los Jubileos o Pequeño Génesis, porque expande algunos capítulos de este libro; también las Antigüedades bíblicas del Pseudo-Filón, que vuelve a contar la historia sagrada desde Adán hasta David; la Vida de Adán y Eva; Paralipómenos o «restos» de la historia de Jeremías; Libros 3º De Esdras y 3º y 4º de los Macabeos (éste puede entrar también con pleno derecho en el grupo de «escritos sapienciales»); Martirio de Isaías; Novela de José y Asenet; Vida de los Profetas.

Ha llegado también hasta nosotros un ciclo completo con profecías de Henoc, «el séptimo varón después de Adán», que se compone, a su vez, de diversas obras, transmitidas en lengua etíope, antiguo eslavo o hebreo, y que se denominan Libros 1º, 2º, 3º de Henoc.

Tenemos un gran bloque también de apocalipsis o revelaciones como el Libro 4º de Esdras; los Apocalipsis sirio y griego de Baruc, discípulo de Jeremías; los Apocalipsis de Elías, Sedrac, Adán, Abrahán, Ezequiel, Sofonías, etc.

Hay otro grupo que se denomina hoy literatura de «testamentos», porque todos sus componentes se acomodan, más o menos, a un cierto tipo de género literatura ya conocido desde el Génesis, a saber: una gran figura religiosa reúne a sus descendientes a la hora de su muerte, que conoce por revelación divina, les cuenta los hechos más importantes de su vida, les orienta sobre el modo recto de proceder, les exhorta a cumplir los mandamientos de la Ley y termina con algunas predicciones sobre el futuro. Los más importantes de estos «testamentos» son los de los XII Patriarcas; el Testamento de Job, y el de Salomón. Poseemos también los testamentos de Moisés y Adán.

Un grupo importante es la literatura sapiencial; en él se hallan los Libros 3º y 4º de los Macabeos y el llamado Menandro siríaco.

Existe también dentro de estos escritos un bloque misceláneo que agrupa obras muy variadas: desde fragmentos de un autor trágico judío, Ezequiel, que escribió, entre otras obras, una tragedia sobre el éxodo, hasta restos perdidos de una historia de Eldad y Modad, pasando por las sentencias y proverbios del Pseudo Focílides y los famosos Oráculos Sibilinos, es decir, restos de antiguas profecías paganas reelaboradas por los judíos y, luego, por los cristianos.

Por esta breve panorámica podemos hacernos una idea sumaria del contenido y temas de esta literatura. Pero permítaseme, antes de seguir adelante, efectuar una breve precisión terminológica. En el ámbito protestante, los apócrifos del Antiguo Testamento son los libros que aparecen en la traducción griega, muy antigua, de la Biblia que llamamos de los LXX, pero que non fueron aceptados en el canon judío. Éstos son: Sabiduría, Ben Sirach o Eclesiástico, Tobías, Judit, Macabeos y los Apéndices a Daniel. Estos libros no son para los católicos apócrifos, es decir, falsos, sino verdaderamente canónicos, aunque de segunda fila: son llamados «deuterocanónicos». Para los protestantes, por el contrario, esos libros de la Biblia griega, impresos en las católicas, son verdaderos apócrifos. Entonces, ¿cómo llaman los protestantes a los libros de esta literatura intertestamentaria? Lo hacen con el vocablo griego «pseudoepígrafos», que quiere decir libros con un nombre falso como autor.

Como podemos deducir de ciertos títulos, como la Vida de Adán y Eva o el Testamento de los XII Patriarcas, todas estas obras portan la denominación de sonoros y conocidos héroes del pasado israelita. Pero la más elemental crítica interna y externa derriba por tierra las pretensiones de tal autoría. Todas estas obras son en realidad anónimas, o mejor dicho, pseudónimas. Sus verdaderos autores no se atrevieron a estampar sus nombres reales al frente de sus obras, sino que prefirieron escudarse en el amparo y bajo el escudo protector de nombre venerables antepasados. Este fenómeno de la pseudonimia, o atribución falsa de una obra a un autor conocido, es verdaderamente curioso para la mentalidad moderna. Se han ensayado diversas explicaciones. En primer lugar es necesario señalar que el ocultamiento de la verdadera autoría no es un rasgo peculiar de estos escritos, pues conocemos en la antigüedad grecolatina y egipcia. Y, sin ir más lejos, la misma Biblia canónica atribuye gran parte del Salterio al rey David y toda la literatura sapiencial a Salomón, aunque de ellos no procedan en verdad más que algunas composiciones. Igualmente, el Deuteronomio, posterior en varios siglos a Moisés, declara a éste como su autor. Y en el Nuevo Testamento encontramos el mismo fenómeno. El más conocido, y casi universalmente aceptado, es el de las Epístolas pastorales, compuestas por un discípulo del apóstol Pablo y luego atribuidas a la pluma de éste.

El primer gran editor de esta literatura intertestamentaria. R. H. Charles2, opinaba que la explicación de la pseudonimia podía hallarse e los hechos siguientes: En el siglo III a. de C., momento en el que empiezan a generarse estos apócrifos, la ley divina (la Torá) era ya algo absolutamente fijo, inamovible y canónico. A la vez se extendía la firme opinión de que la revelación escrita era cosa del pasado, que la «sucesión de los profetas» había concluido ya en Israel (Flavio Josefo, contra Apión, I, 37). Por consiguiente, los escritos de tenor teológico, las nuevas revelaciones a los particulares que amplificaba, precisaban o, a veces, contradecían un tanto, o afinaban las Escrituras anteriores no podían pretender el título de «santas», de «inspiradas por la divinidad», a menos que procedieran de la pluma de héroes del pasado, en cuya época aún había «profecía», es decir, revelación de Dios a los hombres. Aquellos que pretendían un reconocimiento religioso de sus obras no tenían más remedio que ampararlas bajo el nombre de un autor del pasado.

A estas explicación por las circunstancias objetivas se añade el hecho3 de que los autores de estas obras que comentamos se sentían en realidad emparentados con los personajes de épocas anteriores, ya que formaban con ellos lo que se ha venido a llamar una «personalidad corporativa». Al igual que Moisés podía repartir una porción de su espíritu a los que habrían de sucederle (Nm 11, 25-30), y Eliseo se contentaba con recibir la «mitad del espíritu y poder de Elías» (2 Re 2, 10), o Juan el Bautista, habría de «caminar en el espíritu y poder de Elías» (Lc 1, 17), los autores de estos apócrifos se sentían realmente posesores y continuadores del mismo Espíritu que había animado e impulsado a sus gloriosos predecesores. Estas ideas nos llevan a concluir que los desconocidos autores de esta literatura intertestamentaria no eran profesionales de la falsía y del dolo. Aunque nos cuesta comprenderlo hoy, no parece que pretendieran engañar positivamente a sus lectores forjando una autoría que es a todas luces «falsas», según nuestro modo de juzgar hoy. Estaban, pues, convencidos de que el escrito que adscribían a un autor del pasado estaba compuesto en el mismo espíritu de aquél, y podía atribuírsele.

¿En qué suelo vieron la luz estos escritos? Con muy pocas excepciones (Novela de José y Asenet; Oráculos sibilinos judíos), parece que el lugar sobre el que brotó esta pretendida prolongación del Antiguo Testamento fue Palestina. El nacimiento de los apócrifos veterotestamentarios se debió sin duda a la ausencia de nuevos profetas en Israel, una vez, consumada la vuelta del destierro, y a la necesidad de acomodar a tiempos difíciles el mensaje, ya estereotipado, de los hagiógrafos del pasado. Sin duda, también debió influir en su nacimiento el conjunto de circunstancias históricas que motivaron el alzamiento de los Macabeos en el siglo II a. de C.

Repasemos brevísimamente de la historia de este período en aquellos acontecimientos que pueden iluminar el porqué del nacimiento de esta literatura apócrifa. Desde la muerte de Alejandro Magno, en el 323 a. de C., Palestina se vio sometida, muy a pesar suyo, a un proceso imparable de helenización. Comprimida entre dos grandes potencias, el Egipto de los Ptolemeos y la Gran Siria de los Seléucidas, no podía quedar ausente de la gran corriente helenizadora que invadía la cuenca mediterránea. Poco a poco, el país se fue dividiendo intelectualmente en dos grupos de muy diverso tamaño. Uno, formado por la aristocracia, los ricos comerciantes y la élite sacerdotal, bastante dispuesto a dejarse invadir por las ideas helénicas, que debían aparecer a sus ojos como un verdadero modernismo. Otro, muy numeroso, formado por las capas inferiores del sacerdocio y la mayor parte del pueblo, que veía en la acepción del ideario helenístico al gran batalla comenzó de hecho, como es sabido, cuando los hermanos Macabeos se levantaron en armas tras las terribles imposiciones del rey seléucida Antíoco IV Epífanes. Éste pretendía, ni más ni menos, acabar en un asalto definitivo, con una nación teocrática, de una religión muy particular y exclusivista, que se resistía a integrarse en su imperio. Los Libros de los Macabeos nos cuentan cómo este monarca proscribió la religión judía, cómo prohibió la circuncisión – ¡signo externo de la alianza con el Dios de los padres! – y la celebración del sábado. El templo fue saqueado y profanado, introduciendo en él un estatua de Zeus olímpico; a la vez se ordenaba la erradicación de todas las festividades cultuales que habrían de ser sustituidas por otras paganas.

Esta situación de angustia nacional, que ya venía de antiguo y se prolongaba más de lo deseado, contribuyó poderosamente a la formación de grupos de «piadosos» (en hebreo hasidim), que luchaban por mantenerse fieles a la Ley y a su entidad nacional como pueblo teocrático. Entre estos «piadosos» destacaron los fariseos, bastante integrados con el pueblo (pese a que su nombre significa los «apartados») y que luchaban continuamente por una observancia estricta de la ley mosaica, y los esenios, preocupados, además, por la pureza cultual. Con el tiempo, éstos últimos – probablemente, tras el asesinato del sumo sacerdote legal, descendiente de Sadoq e indirectamente de Aarón, Onías III, en el 171 a. de C. – habrían de retirarse al monacato solitario de Qumrán, junto al Mar Muerto.

Pues bien, de tales grupos de «piadosos» es de donde nace el deseo de prolongar la vida espiritual y el mensaje del Antiguo Testamento, lo que condujo a la producción de los apócrifos. En realidad, sociológicamente considerados, estos escritos no intentaban más que contribuir a salvaguardar la propia esencia religiosa, nacional, de Israel. Por este motivo, y aunque dirigidos en principio a grupos reducidos, selectos, este tipo de apócrifos no es una literatura de marginados, sino de amplios círculos populares que en tiempos de crisis se nutrían de ella espiritualmente. Jesús y los primeros cristianos, sin duda, debieron también vivir inmersos en ese ambiente espiritual que se formaba tanto por la continua lectura del Antiguo Testamento como por los comentarios de la escuela pseudónima, casi sagrada.

¿Cuáles son los temas religiosos dominantes en los apócrifos veterotestamentarios? El editor italiano de esta literatura, Paolo SACCHI, ha hecho un resumen de ellos, siguiendo los pasos de otros investigadores, que podemos utilizar también nosotros4. Los problemas que angustiaban a las mentes judías de la época eran los siguientes: la existencia del mal y su origen; las relaciones que debían mantener los israelitas con los paganos; la justicia de Dios en este mundo y el sufrimiento y fracaso aparente de los justos; la urgencia de la salvación y la figura que habría de ejecutarla: el mesías; el destino futuro del hombre: si el alma es o no inmortal, la resurrección, el juicio futuro; la libertad del ser humano y la de Dios a pesar de la predestinación; el intento de plasmar una ética interior que diera vida a los múltiples receptos de la Ley y condujera a la salvación; los deseos de justificación partiendo de un estado de pecado.

Modelados por todas estas preocupaciones, los apócrifos veterotestamentarios desarrollan una cierta visión del mundo, un cierto talante espiritual, una cosmovisión que varía algo, naturalmente, de unos escritos a otros, pero que tiene los siguientes rasgos comunes:

1) Se espera y se cree febrilmente en un fin del mundo muy próximo, en el que tendrá lugar la liberación de todos los justos. Las épocas anteriores han sido de preparación; aquélla en la que vive el escritor es la final.
2) Este fin del mundo será una catástrofe cósmica: habrá grandes guerras y conflagraciones, todo el universo se conmoverá, pero al final vencerán los justos.
3) El tiempo se divide en dos grandes períodos: uno, el presente (con toda su historia anterior), malo y perverso, dominado por el espíritu del mal, adversario de la divinidad; otro, el futuro, regido por Dios, en el que los justos habrán de vivir una vida paradisíaca y dichosa.
4) El período presente evoluciona irremisiblemente hacia el futuro según un esquema predeterminado por el plan divino.
5) El espacio entre la divinidad y el hombre está poblado por seres intermedios, ángeles y demonios, que influyen en el comportamiento del hombre y del mundo.
6) Se espera la llegada de un salvador, o mesías, garante y ejecutor de la salvación. Él será el rey anunciado por los profetas, el héroe que aniquilará militarmente a los enemigos de Israel, pero ante todo juez supremo y príncipe de la paz. Éste, al acabarse el período malo, abrirá de nuevo el paraíso de par en par para los justos. Dios oculta al mesías durante un tiempo, pero al final aparecerá indefectiblemente.
7) La gloria es el estado definitivo del justo. Para la mayoría de los apócrifos, del israelita piadoso, para algunos, de todo ser humano justo.

Creo francamente que esta cosmovisión de los apócrifos, tan distinta de la del Antiguo Testamento, es tan parecida a la cristiana que no dudo de que podría suscribirla, con leves variantes, todo fiel creyente. Quizá incluso algún lector pueda pensar que me he equivocado de terreno y que he tomado esta cosmovisión del cristianismo. Pero no es así: es literatura apócrifa pura.

Esta visión de la divinidad directamente a los autores de los apócrifos. Las revelaciones adquieren normalmente la forma de ensueños o visiones. Muchas veces acompaña al visionario un «ángel intérprete», que aclara, explica, dicta, o incluso escribe el contenido de la revelación. Ésta ha de guardarse, la mayoría de veces, para ser leída por unos pocos, escogidos; en otras, se revelará en el momento oportuno. Los ensueños y visiones tienen a menudo carácter simbólico: los pueblos, reyes y reinos aparecen en figura de animales, montaña, nubes, etc., y las especulaciones sobre el futuro toman generalmente la forma de complicadas combinaciones numéricas. Otras veces, se relatan acontecimientos del presente como vaticinios puesto en boca del autor pasado (lo que se llama «vaticinios ex eventu»). A las visiones y revelaciones, y a veces unidas a ellas, se añaden secciones parenéticas o exhortatorias, con reiteradas admoniciones a vivir conforme a un ideal moral elevado en torno al cumplimiento riguroso de la ley mosaica.

¿En qué fecha se compusieron estos escritos apócrifos? La fecha exacta de nacimiento de cada uno de ellos es objeto de debate entre los editores y eruditos, y muchas veces es imposible delimitarla con toda precisión, ya que en realidad carecemos de datos sobre sus autores y nos vemos abocados a las precisiones que pueden ofrecernos el análisis de los escritos mismo, es decir, la crítica interna. Pero, en líneas generales, están de acuerdo los investigadores en señalar un marco temporal amplio, que abarca desde el 200 o 250 a. de C. hasta el 150 o 200 d. de C. Cuando pasemos a considerar brevemente, uno por uno, los apócrifos más importantes, iremos señalando la fecha probable que le adscriben los investigadores. Uno de los textos más antiguos es el llamado Libro de los Vigilantes, que pertenece al ciclo del profeta Henoc, y que puede provenir de comienzos del siglo III a. de C., y uno de los más tardíos de entre los importantes, desde luego posterior a la caída de Jerusalén ante las tropas del emperador Tito (70 d. de C.), es el Libro IV de Esdras. El problema de la datación se complica porque muchos de estos apócrifos veterotestamentarios, o parte de ellos, han llegado hasta nosotros reelaborados y manipulados por los cristianos, que introducían variantes o añadidos con fines apologéticos. De todos modos, incluso en los apócrifos más recientes, del principio ya de la era cristiana, se contiene gran cantidad de materiales tradicionales cuya pista puede rastrearse fácilmente hasta tiempos anteriores a Cristo. Consideremos ahora uno por uno los apócrifos más relevantes5.

………….

Notas

1. Geza Vermes, «Jewish Studies and the New Testament Interpretation», Journal of Jewish Studies 31 (1980), 13. Véase también, en general, S. SANDMEL, Judaism and Christian Beginnings, New York-Oxford, 1978. 14

2. Cf The Apocrypha and Pseudepigrapha of the old Testament, Oxford, Clarendon (Reedic. de la obra de 1913 en 1983), vol. II, pp. VIII ss.

3. Cf. D. S. Russel, The Method and Message of Jewish Apocaliptic, London (Methuen) 1964, 132-138.

4. Cf. «Il libro dei Vigilanti e l’apocalittica», Henoc 1 (1979) 55-61, y la introducción general al primer volumen de sus Apocrifi dell’Antico Testamento, Torino (Utet) 1981, 20 ss.

5. Para lo que sigue, utilizamos los datos y resúmenes que se hallan en las introducciones correspondientes de las dos obras colectivas siguientes: Apócrifos del Antiguo Testamento (Ed. A. DÍEZ MACHO), vols. I-V, Madrid (Cristiandad), 1982-1987, sigla AAT, y The Old Testament Pseudepigrapha (Ed. J. H. CHARLESWORTH), vols. I-II, New York (Doubleday) 1983-1985, sigla OTP. En su momento oportuno, señalaremos los diversos autores, sin indicar la referencia completa.

regresar

Ficha del libro

Título: La Biblia rechazada por la Iglesia.
Editorial: Ediciones Esquilo
Autor: Antonio Piñero
ISBN: 978-989-8092-39-7
Formato: 16X23 cm | Nº de páginas: 240 | Tapa blanda

Puede comprar el libro en: